Discurso Oscar Arias

UNA NUEVA GENERACIÓN DE DEMÓCRATAS

Amigas y amigos:

Qué gran placer compartir con ustedes en esta noche. La construcción de la paz y la democracia, y la búsqueda incesante de la libertad, son tareas permanentes que, casi siempre, encuentran alguna esquina de la Tierra que demanda su inmediata ejecución. La felicidad en el Medio Oriente sigue siendo una deuda pendiente que el mundo tiene con esa región, y que muy a menudo olvidamos. Por fortuna, en los últimos días nos han vuelto a recordar esa deuda inmensa. Y no nos la ha recordado un hombre, una mujer o un niño en solitario, sino miles de millones de personas que hoy recorren valientemente las calles de Túnez, Egipto y Libia pidiendo que la democracia llegue a una tierra que, hasta entonces, creíamos naturalmente infértil para su nacimiento. Ese es el llamado que hoy nos convoca. Proclamas de democracia y libertad en idiomas que no conocemos, pero que no podemos negarnos a interpretar cuando las vemos y escuchamos a través de la pantalla de un televisor, de la portada de un periódico o de una página de Internet.

Como ustedes saben, lo que está aconteciendo en esa región que, en términos generales llamamos el “Medio Oriente”, es una serie de complejos conflictos con profundas raíces históricas que no pretendemos dilucidar en una noche. Y, a decir verdad, es mucho lo que se ha escrito y discutido al respecto. Como bien lo dijo alguna vez Henry Kissinger, en relación con el conflicto entre Israel y Palestina: se trata del único conflicto que todo el mundo sabe cómo solucionar… es sólo cuestión de estar dispuestos a pagar el precio que implica la solución.  Pero al lado de ese conflicto conocido, ahora somos testigos de nuevos conflictos: protestas y revoluciones democráticas en naciones en donde habíamos aceptado como natural las dictaduras, nuevas formas de derrocar tiranías mediante el uso de las telecomunicaciones, y el despertar de nuevos protagonistas sociales en el mundo islámico, como los jóvenes y las mujeres.

El hecho de que la “primavera democrática” en países como Túnez y Egipto se haya topado con la “helada democrática” entre Israel y Palestina, nos obliga en esta ocasión a hacer una doble reflexión: qué significado tiene para el proceso de democratización las revoluciones civiles de las últimas semanas, y qué impacto pueden tener en el viejo conflicto entre Palestina e Israel. Permítanme empezar por los hechos más recientes. Por la caída de la dictadura de Ben Ali en Túnez y de Mubárak en Egipto, por las demandas masivas de reformas políticas en Baréin, Yemen y Jordania, y por la condenable violencia que el sempiterno Coronel Gadaffi ha desatado contra sus propios hermanos en Libia, entre otras muestras multitudinarias de apoyo a la democracia en Asia y en África.

Lo primero que hay que decir, es que si bien en todas estas tramas hay un alto componente de sorpresa, dado el letargo autocrático en que la mayoría de las naciones árabes había caído, debemos reconocer que lo que hoy vemos en esas naciones ya lo habíamos vivido en este lado del mundo. Lo vimos en América Latina y en Europa. Quizás sea una enorme simplificación afirmar que, en materia de democracia, las naciones islámicas, árabes o africanas, tan sólo se están sumando tarde a una ola democrática que, desde hace más de medio siglo, recorre el mundo. Sin duda alguna, existen razones fácticas que pueden explicar en alguna medida la disfuncionalidad de la democracia en sociedades sumamente divididas por fanatismos religiosos. Sin embargo, lo que los países del Mediano Oriente nos están diciendo hoy es otra cosa. El mensaje que nos están enviando es muy distinto al que se lee en numerosos tratados académicos: es falso que los pueblos árabes y las sociedades islámicas estén culturalmente predispuestas contra la democracia.

Los casos de Indonesia, Turquía y Palestina, todas naciones islámicas que adoptaron la democracia como sistema político, son una muestra muy pequeña para apoyar esa tesis. Ahora vemos, sin embargo, que esa muestra empieza a crecer. Que a diferencia de otros tiempos, los pueblos del Medio Oriente no sólo piden derechos y libertades sino también democracia. Ahora podemos afirmar con mayor seguridad que no es cierto, como muchos decían, que la religión islámica y la democracia son antagónicas. No es cierto que quien profese una fe milenaria es incapaz de comprender el funcionamiento de instituciones democráticas modernas. No es cierto que el colectivismo religioso debe estar siempre marcado por un desprecio hacia las libertades individuales. Las particularidades de todo sistema político, sean éstas religiosas o seculares, nunca pueden servir de justificación para negar lo derechos humanos más fundamentales. Si los seguidores de todas las religiones no pueden disfrutar de las mismas oportunidades y los mismos derechos, sus profetas, sacerdotes y patriarcas habrán luchado inútilmente por su fe.

Sin duda alguna, el surgimiento espontáneo de la democracia en el mundo islámico es un avance significativo para el proceso mundial de democratización, pero es sobre todo uno necesario: ninguna democracia puede crecer allí donde no sea apoyada popularmente. La convicción de cada ciudadano de que tiene el poder de decidir su propio destino, y el de su país, es un voto invisible con el que se comienza a construir la base de cualquier democracia. Que los propios tunecinos  y egipcios  hayan sido los primeros demócratas convencidos de su revolución, es una enorme garantía para su éxito y sostenibilidad. Esto nos lleva a reconocer, además, que no es cierto que la aspiración democrática, entendiendo por ella la existencia de un sistema político abierto y pluralista, con elecciones libres y un régimen de derechos civiles y políticos adecuadamente tutelados, sea siempre una imposición de Occidente. La aspiración democrática en el Medio Oriente emergió del seno de la sociedad civil, y eso la hace ser no sólo más legítima, sino también más poderosa.

Tal vez la paciencia rindió sus frutos, y fue mejor esperar a que los pueblos árabes despertaran. La historia, incluso la más reciente, da cuenta de lo desastroso que pueden resultar algunos intentos por imponer la democracia a la fuerza. De lo trágicas que pueden resultar las pretensiones de algunos de importar la democracia como si fuera un trofeo de guerra. Afortunadamente, lo que estamos presenciado actualmente, con luces y sombras, son revoluciones hechas con las herramientas mismas de la democracia y de la paz: con libertad de expresión, con libertad de prensa, con libertad de asociación y con educación. La existencia de un medio de comunicación masivo y libre como Al-Jazeera ha hecho mucho más por la democracia y por la libertad en el Medio Oriente, que el apoteósico despliegue militar de los Estados Unidos en Irak. Pudieron más los teléfonos celulares en las manos de los jóvenes que las armas en los brazos de los soldados. Fue más efectiva la presión de millones de ciudadanos alrededor del mundo conectados a las redes sociales, durante las últimas horas de Mubárak en el poder, que los servicios de inteligencia militar. La vía violenta no es la única vía posible para acabar con los regímenes autoritarios que aún subsisten.

Una nueva generación de demócratas ha despertado. Una generación compuesta por jóvenes con suficiente información y medios tecnológicos para organizarse y exigir cuentas a los autócratas que no ponen sus aspiraciones en el centro de sus preocupaciones. Jóvenes que, gracias a una pantalla de unos cuantos centímetros, descubrieron que en los Estados Unidos como en Suecia estudiar y trabajar no son caprichos sino derechos. Una generación compuesta por mujeres educadas, conscientes como nunca antes de sus derechos y con el coraje suficiente para pedir la renuncia de un dictador que les ha arrebatado a ellas, y a sus hijos, el privilegio sagrado de crecer en libertad. Una generación compuesta por ciudadanos moderados, educados y modernos; por académicos respetados, maestras de escuela y militares desertores, y no por fundamentalistas. Será mediante la organización política y civil de esa nueva generación de demócratas, y no mediante el mantenimiento de regímenes autoritarios, que la región alcanzará la seguridad y la estabilidad política que tanto ha anhelado.

El poder de las dictaduras emana de la fuerza, no de la razón, y cuando las dictaduras logran imponerse no prueban otra cosa que la más vergonzosa de las capacidades: la capacidad para destruir. Es por eso que las ideas son tan importantes en esta cruzada mundial por la democracia y por la paz: porque en ellas radica la capacidad de construir. Ahora bien, construir una democracia no será una tarea fácil. Erigir democracias –aun simples democracias electorales– es mucho más difícil y prolongado que derribar regímenes autoritarios. La caída del tirano es tan sólo el inicio de la aventura. En América Latina, por ejemplo, una generación ha pasado desde nuestra primavera democrática, y lo cierto es que la mitad de nuestras conversaciones políticas continúan siendo sobre las carencias –aún muy serias– de nuestras democracias. La democracia, a fin de cuentas, es una construcción permanente; un viaje colectivo y no un puerto de llegada.

Pero debemos tener cuidado. Si bien ese estado inacabado de las cosas deja espacio para la imaginación, lo deja también para las amenazas. Lo que aconteció en Túnez y en Egipto, y que posiblemente suceda en otras naciones, presenta riesgos considerables de reversión. Sin duda alguna, los procesos de democratización serán activamente boicoteados por los fundamentalismos islámicos –incluido el régimen iraní– y por las fuerzas ligadas a los regímenes autoritarios que han perdido muchísimo, y aún tienen mucho que perder. Eventualmente, se dará la paradoja de que ambas fuerzas, los autócratas y los fundamentalistas, quienes por décadas han sido enemigos mortales en el mundo árabe, terminen uniendo esfuerzos contra los movimientos democráticos.

Debemos estar alertas: ahora que nuestra atención está puesta en el despertar de la libertad en el Medio Oriente, no debemos permitir que lo que allí acontece sea dejado a la suerte, o quede en las manos equivocadas. Surgirán todo tipo de excusas aduciendo que éste no es el mejor momento para ayudar a los libertadores, y que hablar de democracia traerá más inestabilidad en una región en plena efervescencia. Por ello es crucial que la comunidad internacional apoye un proceso gradual de transformación democrática en esos países, no sólo porque es importante en sí mismo, sino porque puede ofrecer la mejor oportunidad para alcanzar la paz en la región, lo cual, a su vez, es fundamental para garantizar la paz y la seguridad internacionales.

Algo que tiene casi el status de una ley en las relaciones internacionales es que las democracias no van a la guerra entre ellas. Ahora bien, la autenticidad de este precepto está en suspenso hasta tanto no se logre poner punto final a un conflicto que nos ha quitado el sueño por décadas: el conflicto entre Israel y Palestina. Lo acontecido en Túnez y en Egipto ha cambiado las reglas del juego, y es casi seguro que despertará los esfuerzos por buscar una solución pacífica a ese conflicto. Por una parte, la posición de Israel como la única democracia verdadera del Medio Oriente– fuente importante de su legitimidad internacional en el marco del proceso de paz– tiene, casi con certeza, los días contados. Por otra parte, se hace más evidente la cruel ironía de que el único Estado árabe democrático, Palestina, no haya sido debidamente reconocido por Occidente. No deja de sorprender que varias naciones  occidentales se hayan apresurado a reconocer a Kosovo, cuando llevan décadas negándose a reconocer a Palestina como un Estado. Ya es hora de poner fin a esta comedia diplomática que no hace más que alentar a los extremistas y darle fuerza a los grupos terroristas afincados en Teherán. Apoyar la democracia en el Medio Oriente significa apoyar todas las verdaderas democracias, y no sólo aquellas que más nos gusten.

Por esa razón, en mi pasada Administración tomé la decisión reconocer a Palestina como Estado independiente. Me complace saber que otros países de la región como Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Ecuador, República Dominicana y Uruguay han seguido nuestro ejemplo. Pero todos sabemos que, aunque necesarios, estos reconocimientos por parte de la comunidad internacional siguen siendo insuficientes para lograr la paz en el Medio Oriente. Es crucial poner un plazo a la negociación entre Israel y Palestina. Han transcurrido 60 años para establecer un Estado palestino de conformidad con lo decidido por la Asamblea General de las Naciones Unidas… y seguimos esperando la paz. Han pasado más de 10 años desde que se venciera el plazo establecido en la Declaración de Principios de los Acuerdos de Oslo para alcanzar un arreglo… y seguimos esperando la paz. Se continúan relegando a etapas posteriores temas medulares como el status de Jerusalén, los miles de refugiados y la creación de asentamientos… y seguimos esperando la paz.

Hace 24 años, cuando los presidentes de Centroamérica procurábamos alcanzar un acuerdo de paz que pusiera fin a la guerra civil que azotaba la región, resolví seguir el ejemplo de Franklin Delano Roosevelt y encerrar a mis colegas presidentes en la habitación de un hotel, en la capital guatemalteca, hasta que firmáramos el Plan de Paz que había propuesto para acabar con la guerra en el istmo.  Sólo cerrando la puerta trasera, la de la fácil salida hacia la guerra, logramos atravesar el umbral de la paz que se nos fue develando. Por el contrario, Israel y Palestina han retrocedido demasiadas veces por esa puerta trasera. Al encarar la salida de la paz, se toparon con una puerta muy angosta para permitir que ambos pasaran con todas sus pretensiones, y dejaron un poco de su carga en la mesa del diálogo: tanto en los acuerdos de Oslo en 1993, que le merecieron a Rabin, a Peres y a Arafat el Premio Nobel de la Paz, pero que toparon luego con la falta de voluntad en su ejecución; como en Camp David en el año 2000, cuando las partes habían alcanzado consenso en el 95% de los temas, pero fueron incapaces de ceder en el 5% restante.

Es una pena que el presidente Bill Clinton no haya encerrado también a Ehud Barak y a Yasser Arafat en una habitación, y que éstos no tuvieran el valor que hace 24 años demostramos los presidentes de Centroamérica al comprender que no había precio demasiado alto para la paz. Aún así, me niego a creer que el Medio Oriente esté condenado a la eterna violencia. Israel y Palestina merecen una segunda oportunidad.  Y una tercera.  Y una cuarta. Y todas las que sean necesarias para solucionar pacíficamente ese conflicto. La solución es más que conocida, y está delimitada en la Hoja de Ruta y en los cuasi-acuerdos de Camp David del año 2000. Mientras Israel demanda garantías para su seguridad y viabilidad demográfica como estado judío, nacido como respuesta al Holocausto, el pueblo palestino demanda un estado soberano con un territorio viable y una capital de su escogencia. En resumen, ambas partes demandan paz. Sin embargo, debe notarse que la aceptación de estos elementos conlleva un sacrificio considerable para el pueblo palestino, que renuncia al derecho de regreso de los refugiados, a algunos atributos de soberanía como la decisión de desmilitarizarse, y a su derecho de impugnar la creación de los asentamientos israelíes actuales en Cisjordania.

Ahora bien, aún cuando la Hoja de Ruta es nuestra apuesta, creo que es hora de reconocer que está mortalmente falseada. Es una guía sin destino. Es una especie de itinerario que carece de un objetivo claro. Por ello, considero que todo el proceso de la Hoja de Ruta debe invertirse, es decir, que se debe empezar por el final. Los parámetros y contornos de la solución deben plasmarse y conocerse desde el inicio con toda claridad. El epílogo debe conocerse de antemano como garantía para que los acuerdos intermedios y transitorios, que son necesarios para avanzar hacia la solución definitiva se cumplan, y para asegurar que el proceso se vuelva irreversible. Las partes deben estar comprometidas con el destino último, o de lo contrario seguiremos dando vueltas sin sentido de orientación. Así mismo, ya es hora de que tanto Israel como Palestina acepten que no es responsabilidad de los actores internacionales, particularmente de los Estados Unidos concebir, y mucho menos negociar, una solución pacífica a este conflicto.

Ya viene siendo hora de que el Medio Oriente comprenda que es imposible continuar por el camino de la guerra.  Esto lo comprendió Centroamérica cuando probó que para solventar sus conflictos era imprescindible renunciar a una solución por medio de las armas.  Centroamérica probó que cuando hay voluntad, pueden encontrarse soluciones pacíficas a las diferencias, por más grandes que sean. Centroamérica probó que para resolver los conflictos es imprescindible que le demos la espalda a las armas, y le demos la cara al adversario. Por eso, hoy debemos repetir, de puerta en puerta, las palabras de Bertrand Russell y Albert Einstein: “hablamos como seres humanos ante seres humanos: recuerden a la humanidad, y olviden el resto”.

Eso es lo que deseamos para Israel y Palestina: que abandonen el campo de batalla y que se sienten, de nuevo, a la mesa del diálogo. Aquellos que buscan la paz no deben prestar atención a los pesimistas que los rodean, a  ese coro que grita algunas veces con más fuerza y que, como dijo alguna vez el filósofo francés Guizot, “los pesimistas no son más que espectadores”, “son los optimistas los que han transformado el mundo”. La historia no la escriben aquellos que predicen el fracaso ante cada nueva oportunidad, o los que se rinden frente al desafío más grande. La historia la escriben los que se atreven a decir palabras de concordia frente a enormes discrepancias. La historia la escriben aquellos que se dan cuenta de que el acto más consumado de valentía no es tomar las armas, sino deponerlas. No dudo de que, con el esfuerzo de los optimistas, tanto en Israel como en Palestina la paz, algún día, será liberada.

 

Amigas y amigos:

 

Como ex Presidente de la República y como Premio Nobel de la Paz, pero sobre todo como un miembro más de la familia humana, tengo que alzar la voz por lo que actualmente está aconteciendo en Libia, particularmente la sistemática violación de los derechos humanos. En estos momentos el silencio significa la vergüenza, significa el rechazo a la dignidad humana y a la vida. Por eso debo alzar la voz, y me uno al lamento mundial por las muertes de hermanos libios en los últimos días. Que estas muertes no sucedan en vano. Si no nos manifestamos, si no comunicamos con palabras y acciones nuestra fe inquebrantable en la paz, esta lucha será una ofrenda perdida para la memoria de estos hermanos y hermanas cuya luz se extinguió tempranamente por culpa de la locura humana. La convocatoria a este evento por la Fundación Arias Para la Paz y el Progreso Humano, por FLACSO y por FUNGLODE para hablar sobre la paz en el Medio Oriente me llenó de gran satisfacción, porque creo que ningún costarricense debe permitir que prevalezca la intransigencia sobre el diálogo, el rencor sobre el perdón, o la violencia sobre la paz. El mandato de todo costarricense es pregonar la paz.

Debemos ser pregoneros de la paz en el Medio Oriente. Ser pregoneros para que Israel y Palestina sepan que deben de nuevo lanzar al mar las redes del diálogo, que aún en medio de la tempestad producen pescas milagrosas. Ser pregoneros para que los pueblos árabes recuperen la confianza en un mejor destino. Ser pregoneros de este mensaje de paz, para abonar la esperanza hasta en el corazón de los más incrédulos y pesimistas. No pretendemos conocer los caminos que Túnez, Egipto, Libia, Israel y Palestina tomaron, tampoco conocer los obstáculos y los peligros que han enfrentado. Pero sí hemos recorrido la senda del pacificador y sabemos que es una senda empinada, pero no imposible. Queremos decirles a los pueblos del Medio Oriente que la paz es posible, incluso si se requieren mil intentos fallidos por uno que funciona. Hoy, que millones de hermanos luchan finalmente por salir de los laberintos del pesimismo y la desesperanza, quiero recordarles las hermosas palabras del gran dramaturgo noruego, Henrik Ibsen, “uno nunca debería ponerse sus mejores pantalones para salir a luchar por la verdad y la libertad”. Lo mismo, pienso, vale para la paz.

Cuando uno sale a luchar por la paz debe vestir al alma con ropa de trabajo. Hay que estar dispuesto a darlo todo, y después dar otro poco más. Hay que estar dispuesto a caerse y levantarse, a vendarse las heridas y a volver a empezar. La paz no es labor de un día, ni de una semana, sino de una vida dedicada a la frágil construcción de una obra siempre inconclusa. Eso es algo que desde hace mucho tiempo entendí. Por eso no debemos darnos por vencidos. Debemos aprender a no fijar la mirada en las piedras del camino, sino en el fin del sendero y a poner en práctica la más evidente lección histórica en materia de conflictos bélicos: la absoluta necesidad del diálogo. Bien dijera Gandhi que no hay camino hacia la paz, sino que la paz es el camino. La paz debe ser hoy nuestro dogma en la “primavera democrática” que comienza a colorear de libertad el Medio Oriente. Debe ser también nuestro argumento inquebrantable para que el hielo que hoy congela las negociaciones entre Israel y Palestina se derrita, y dé lugar al nacimiento de nuevos brotes de optimismo y esperanza. Sólo así, podremos aprovechar la maravillosa oportunidad que nos brinda la historia de hacer posible en el Medio Oriente no una, sino dos “primaveras democráticas”.

 

Muchas gracias.

 

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